El 13 de agosto se hizo público el fallecimiento de Rotem Amitai, una mujer de 43 años, madre de tres niños y azafata de la aerolínea israelí El Al. Ella habría contraído sarampión tras un vuelo entre Nueva York y Tel Aviv en marzo pasado. Según el ministerio de salud de Israel, no está claro dónde resultó contagiada, si en Nueva York, Israel o durante el vuelo.

El 31 de marzo presentó fiebre y se dirigió al  Meir Medical Center en Kfar Saba, cerca de Tel Aviv, en Israel. Su deceso se produjo en el Rabin Medical Center-Beilinson Campus en la ciudad de Petah Tikva cerca de Tel Aviv.

La mujer desarrolló encefalitis (inflamación del cerebro) y debió permanecer en un coma inducido hasta el momento de su deceso.

Se supo que ella habría recibido solo una dosis de la vacuna, como era común en los años ’70 en muchos países, pero que después se cambió a dos dosis. Se cree que este pudo haber sido el motivo del contagio.

La encefalitis es la complicación más grave del sarampión, se presenta en uno de cada mil contagios de sarampión (según datos del CDC). Puede llevar a convulsiones y dejar secuelas como sordera y discapacidad intelectual.

Según la Organización Mundial de la Salud, más de 360.000 personas se han contagiado con sarampión en lo que va de del año.

Como ya les he comentado antes, este resurgimiento del sarampión y de otras enfermedades anteriormente erradicadas se debe, mayoritariamente a falta de acceso a vacunas. Un factor importantísimo es el movimiento antivacunas, que ha sido considerado uno de los diez riesgos sanitarios más importantes de este año por la Organización Mundial de la Salud.

Aunque se ha demostrado que las vacunas no causan autismo, ni aumentan la factibilidad de presentar la condición, aún hay miles de padres que usan esta falsa teoría como excusa para no vacunar a sus hijos.